Por
Kodiak Agüero
Hoy no hay periódico. Las
imprentas dejaron de trabajar apenas tres días después de la desaparición de
los niños. Supongo que tampoco habría muchas personas interesadas en los
titulares del día. Se organizaron equipos de búsqueda entre la policía y las
comunidades, pero después de los primeros arrebatamientos la gente corrió a
refugiarse en sus casas. Ni siquiera extrañaron a sus mascotas, que fueron los
primeros en desaparecer. Nadie se explica cómo tanta gente especializada pudo
confundir el orden de los números. Mientras el mundo se preparaba para recibir la llegada
del 21 de diciembre, fue el 12 cuando todo empezó. Ya no importa, ¿cierto?
La electricidad duró varios
días, aún cuando muchas personas no vivieron para disfrutarla. Luego hubo
servicio intermitente hasta que al final ya no regresó más. Eso ha hecho que
sólo a través del olor pueda sentir cuando se acerca hasta la puerta del
apartamento. Cada noche es lo mismo. Me he obligado a llorar en silencio desde
el otro lado para que no sienta mi presencia, pero de alguna manera siento que
sabe que lo estoy esperando aquí.
Esta mañana me terminé el
último frasco de alcaparras. Hubiera preferido aceitunas, pero las iba a traer
la más joven de las Ramírez, que nunca llegó. Quizás se desintegró en el aire
como sus dos hermanas, pero me resisto a creerlo. La beata del segundo piso
terminó infectada igual que los demás. A lo
mejor huyó a las montañas. En todo caso, no me trajo las aceitunas.
Desde el comienzo del mes
comencé con los preparativos de la reunión. Este año tenía el añadido Maya, así
que me gasté una buena parte de las utilidades decorando el apartamento y
comprando con anticipación los ingredientes de las hallacas. Con la inflación y
la especulación típica de la época supuse que estaba haciendo un buen negocio… El
negocio de sobrevivir, pienso ahora. Al
final terminé comiéndome todos los encurtidos y las conservas. Los alimentos perecederos
se perdieron con la falta de electricidad.
Siempre hice algo por lo del
espíritu de la navidad, aunque fuese
sólo para verlo escribir sus peticiones al lado de su esposa. Ella nunca nos
cayó bien. Ni a su hermana, mi mejor amiga, ni a mí. Por eso me alegré tanto
cuando supe de su separación. Al poco tiempo comenzamos a salir. Esta noche iba
a ser especial. A su hermana se le escapó que hasta me compró un anillo.
Hace rato pude lavarme con
el poco de agua que quedaba y me puse el vestido que tanto le gusta. No sé si
vaya a notarlo, parece que después de la transformación es poco lo que
recuerdan. Sólo hay hambre. Yo ya no puedo con la soledad. Cuando caiga la
noche y perciba el olor que anticipa su visita, va a ser distinto. Esta vez voy
a abrirle la puerta. Se lo debo. Nunca faltó a ninguna de nuestras citas.
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