miércoles, 6 de agosto de 2014

Paraíso de dioses

Por Leonardo Molina

Suyas serán sus pasiones, vivirán plasmadas en ellas…

De agua vienes de aguas serás, en Río Orinoco te convertirás.

En el cielo yaces, matices de tus colores le darás; nacerás con la luz del sol dando matiz azul; muriendo la luz con el color rojizo y naranja te despedirás.

Por las nubes te escondes y pasas sobre ellas rasante; en las nubes te perpetuarás.

Entre verdes se transportan siendo guardianes invisibles en su  palacio terrenal; entre verdes y matices podéis engañar.

De piernas te vales para andar pero con cabeza y brazos de toro te basas para luchar.

Tan ágil y tan fuerte como el caballo trasciendes velozmente y te haz de perder entre las vistas sin parpadear; y con la cabeza de humano te basas para razonar, domados serán en caballos a los hombres les servirán. 

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Desde entonces la sirena fue convertida en Río Orinoco; el informante de los cielos Ave Fénix, en matices del día, naciendo al amanecer y muriendo al anochecer; el hipogrifo yace en las nubes dándole sus tonalidades grisáceas y blancuzcas como lo que fue el color de su piel; los celososelfos dispersos en la vegetación dándole al follaje el degradado verdoso a través de sus cambios de humor; los guerreros minotauros ya no tendrían piernas con que correr y brazos con que luchar y quedaron como toros a merced de la humanidad; sus enemigos centauros ya no razonarían como seres humanos y en caballos quedaron plasmados.

Y así nació un paraíso de paisajes a través de los que fueran sus diversos habitantes, quienes les dan vida sin voz pero se manifiestan en cascadas, vientos, colores variantes, chillidos domables, pasos retumbantes, todo por desafiar la naturaleza y creerse dueña de ella.

Sin darse cuenta de inmenso paraíso donde había espacio para todos, y ahora cada uno ocupa su espacio en un espectacular collage, relacionándose entre sí manifestando sus exóticas bellezas, las cuales han inspirado a ser exploradas, cantadas y fotografiadas; una belleza que habían olvidado tener pero que ahora tendrán sus espectadores para reconocerlas. 

sábado, 3 de mayo de 2014

Perdida en el bosque

Por Nelsy Olivares


En medio de un bosque vive una linda niña llamada Zasha con su abuelo Merchol y su mejor amigo el perro guardián. Rodeados de animales, árboles y flores ellos están muy felices.



Todo solía ser tranquilo hasta que una mañana la niña se despierta sin imaginarse lo que le puede pasar. Muy contenta le dice a su abuelo “voy a recoger muchas flores para adornar la cabaña”, y él contesta, “está bien Zasha pero no te alejes mucho hacia el bosque porque no me gusta”.


Ella responde “Sí, te lo prometo abuelito”.


Se despide y sale muy contenta con guardián y su canasta cantando por todo el camino, cuando de repente el perro empieza a ladrar muy asustado y retrocede.


La niña le dice “por qué ladras guardián, a qué le temes”. Ella al voltear y al alzar la vista queda estática, temblorosa y con ganas de correr pero las piernas no le  responden, al mismo tiempo pega un grito “auxilio, auxilio”…  Guardián sale corriendo para de alguna manera avisarle al abuelo. 

Llega a la cabaña ladrando.  


El abuelo imaginando que Zasha estaba en peligro sale a buscarla. La niña en medio de su miedo siente que algo se acerca.


Ella dice “No me haga daño por favor”. Al mismo tiempo escucha  “No temas soy tu amigo ven acércate”. Ella asombrada de lo que veían sus ojos dice “¿Quién eres?... ¿porque eres así?... Él le responde “Soy un centauro y me llamo Quirón”. Al mismo tiempo le dice “Ven súbete que te llevo a tu casa, te deben estar buscando”.


Ya a mitad de camino se acerca el abuelo con guardián y al percatarse que la niña  viene en el lomo del centauro le grita “Zacha ten cuidado te puedes caer”.



Ella le responde “abuelito él es mi amigo, el centauro  no me hará daño”.


Laberinto

Por Raymar Lara

La oscuridad había quedado atrás. El despertar fue duro y su cuello estaba rodeado por un eslabón de acero y al moverse escucho el sonido de las cadenas que lo sujetaban a la pared. Siempre olvidaba que estaba prisionero. 
Luego de recordar su situación, desde el inicio del día, el gigante de rostro taurino planeaba como liberarse de las ataduras que habían sido maldecidas especialmente para evitar su liberación. Al final llegaba a la conclusión de que sólo podría lograrlo con la ayuda de la mujer que atendía sus necesidades en el laberinto.
La silenciosa chica que en otros tiempos habría sido ofrendada para satisfacer su hambre era su único contacto con el mundo exterior y quien diariamente le servía desechos con desprecio y con altivez. Sin embargo, en vez de sentir odio por ella, cada vez que la miraba imaginaba como se sentiría poseerla, someterla a su voluntad.
La mujer nunca lo miraba, estaba perfectamente entrenada para evitar ser su víctima, así que sólo abría la puerta del centro de laberinto cuando era absolutamente necesario. Su misión era alimentar a la bestia y mantenerla con vida, las razones por las que lo hacía permanecían ocultas para él. Era de su conocimiento que desde hace algún tiempo ya no había necesidad de seres como él, los humanos se sacrificaban mutuamente usando rituales de otros tipos.
Para someterla sólo tenía que lograr que se acercara. Y era tan simple. La única forma de lograrlo era fingiendo que no podía hacerle daño, simulando que estaba muerto. Se quedó tirado en el piso del laberinto, no tocó su comida ni tampoco trató de arrancar las cadenas que sujetaban su cuello. Permaneció así por días y el alimento que traía la mujer seguía apilándose en la puerta.
Comenzó a debilitarse, sabía que tenía que decidirse pronto: se daría por vencido o moría intentándolo. Cuando escuchó la puerta abrirse decidió probar una vez más. No hubo más sonidos y fue difícil resistirse a la tentación de verificar si la chica seguía aún en el laberinto. Su pregunta fue respondida rápidamente. Sintió el calor de la mujer cerca de su cuerpo; escuchándola sollozar supo que lo había logrado, pero en vez de tomarla y obligarla a liberarlo, sintió deseos de consolarla.
Al abrir los ojos vio a la mujer ahora sobre su cuerpo con ambas manos cubriendo su cara. Quería consolarla, acabar con su dolor y sabía perfectamente cómo hacerlo. Extendió su enorme mano sobre su rostro y sintió el sobresalto en el cuerpo de la mujer, luego ella permaneció inmóvil;  su mano  sobre su cuello aumentaba cada vez más la presión.
El llanto de la chica había cesado, sus ojos teñidos de líneas escarlatas eran fríos y no demostraban súplica ni dolor. Sabía que todo acabaría pronto y habría fallado: el minotauro quedaría libre.
Recluido por tanto tiempo en su laberinto,  empezaría ahora a caminar libre sabiendo que sólo él poseía el control sobre sí mismo.

Sátira del sátiro (o sátiro de sátira)

Por José Francisco Castillo Machalskys

–Doctor, tiene que ayudarme- imploró el extraño sujeto-. No estoy funcionando como es debido, pero…
–…usted nunca falla y no se explica por qué ahora no se erecta- completó el viejo urólogo, aburrido ya de escuchar la misma introducción en al menos el 95% de sus  pacientes.
Pero, a decir verdad, éste le inquietaba. No tanto por la diminuta estatura y cara de diablillo, por la toalla que rodeaba su cabeza a manera de turbante y por los anchísimos pantalones de loneta que cubrían –más bien escondían- sus piernas, sino por la angustia atávica, orgánica y definitivamente auténtica que lo eximía de simular calma o pretendida madurez.
–Si supiera quién soy, no sólo le extrañaría mi visita; huiría aterrado, en busca de lugar seguro- advirtió con un dejo de amargura.
–Para amenazas estoy yo, el médico- intentó bromear el urólogo, con total fracaso, dada su naturaleza cascarrabias-, así que baje su pantalón hasta el muslo y echémosle un vistazo al causante de sus penas.
Sorprendióle al especialista el uniforme y espeso pelo que cubría las partes nobles del paciente. Y el pene… ¡Dios! No había palabras para describir aquella monstruosa masa tubular, de grotesco prepucio como capullo de oruga.
Grotesco y todo, hizo el galeno lo suyo como buen profesional que era. Escrutó, palpó, auscultó, interrogó, y presto dictó su diagnóstico.
–Me dice que acostumbra beber vino a borbotones junto a su amigo pan-pan, a tocar flauta, corretear mujeres en los poblados- supuso el médico que así llamaba el sujeto a algún sector de la ciudad- y tener sexo días enteros con sus noches… amigo, usted sufre de estrés hiperfuncional. Necesita descansar.
–…¿¡Descansar, dice usted!?- bramó el hombrecillo, como endemoniado-. Le escuchara mi señor Pan, amo del vino y la francachela, y le mataría con un rayo por sus sacrílegas palabras. ¡Descansar! Si me nutren el dulzor de la uva fermentada y el casto terror de las doncellas acorraladas, que suspiran por tomar entre sus manos este miembro ahora desvanecido…
–…y que volverá a funcionar si, además del descanso, se toma esto- atajóle el urólogo en su dramático discurso colocando un puñado de traslúcidas grageas azules en su mano.
En medio de su arrebato, el extraño engendro tragó todas las pastillas de un empellón.
“Le doy dos minutos para que le dé un infarto”, pensó el doctor, aterrado. En efecto, el cuerpecillo del sujeto comenzó a sacudirse entre espasmos y sudores espesos. Mas, lejos del pronosticado colapso cardiaco, su retráctil miembro comenzó a elevarse hasta llegar a la altura de su frente.
–¡Júpiter, vuelvo a ser un verdadero sátiro, bello y majestuoso hijo de Seleno el follador!- gritó, arrancándose la toalla y los pantalones para exhibir con orgullo su cornamenta y sus patas de carnero-, dijéronme de buena fuente que usted era un mago en eso de levantar ánimos caídos, ¡y vaya que era cierto! Ahora os dejo, avejentado hijo de Hipócrates, pues chavalas y maduronas aguardan por mis favores… ¡que los dioses os bendigan!
Y con un estruendoso golpe, echó abajo la puerta del consultorio.
“Las tretas que inventa la gente para obtener viagra gratis y sin prescripción”, reflexionó el viejo urólogo, sacando los lentes de su amarillenta bata para dejarlos caer sobre el puente de su nariz.    

Perla negra

Por Daniel Jerez

-¡Oh!, disculpe que error tan tonto he cometido- dijo Perla.
- Pero esto es impresionante, tenía que pasarme a mí ¡coño! -  pronunció con ahínco Fausto.
- Le serviré otro café si es necesario señor, disculpe de verdad mi estupidez.
- Olvídalo, eran mis palabras de aliento filosófico para el difunto camarada Lázaro. Buen amigo de la lucha de ideas.
- Espero no le haya borrado la idea con el disgusto.
- No te preocupes, ya te lo dije, son sólo palabras para rellenar esta situación.
- Creo que su compañero ha debido ser un mártir, el altísimo sabrá como recompensarlo.
- Sigue diciendo tonterías y llegaras a creer en unicornios.


&
Estaban en una pequeña funeraria, recinto de dramas humanos y un pensamiento de cloroformo dando trastos de aquí para allá en la testa.Fausto procedía a darle reconocimiento al cuerpo de su amigo Lázaro, el buen camarada que arriesgo su vida por ideales.
Una huelga de hambre le sello un pasaje sin retorno. Entendía que estos recintos invitaban gente de bulto para el desconsuelo mecanizado, por eso aborrecía las despedidas lagrimosas para el cielo que nadie conoce.
Su mirada no estaba tanto impactada por la desaparición de su compinche, más bien el tono de ese cortejo fúnebre se vio aplacado por el incidente del café caliente sobre unas palabras trilladas.
De hecho estuvo de acuerdo con el error de la chica que sirve las bebidas y las sonrisas, pudo arrebatarle la taza de las manos pero un movimiento en falso y fue a parar con gracia sobre sus bocetos de orador. Perla se llamaba la chica torpe de la fuente de soda para botanas y pañuelos desechables.
-       ¿Y dime porque trabajas en un sitio tan patético como éste? -  pronunció con cierto sarcasmo Fausto.
-       No tuve opción, fue lo primero que conseguí en los clasificados. Le empecé a tomar cariño después de tres meses, antes era depresivo.
-        Valoro el silencio de los cuerpos - sentencio Perla con un aire reflexivo en el ceño.
-       Eso es una crónica para mi columna universitaria, cuéntame más por favor - parecía extasiado por la curiosidad del empleo.
Perla abría como una ostra sus grandes ojos rayados, no sabía si se burlaba de ella o sólo tenía una curiosidad grotesca.
-       Dependiendo del día los llantos son más intensos. Unos se jactan de la herencia que demandan como buitres, y cuando la clientela es muy baja mi jefe empieza a rezarle a la parca.
-       Que impresionante el negocio de la muerte, no imaginaba que fuera una temática tan contradictoria.
Una de las tías de Lázaro exclamó “¡Porque a mi sobrino si era como un santo ese condenado!”.
La hora libre de Perla se iba terminando y no había planificado una entrevista detallada sobre su modus vivendi. Ahora debía irse a su clase, estudiaba pedagogía, pensaba que no había nada más hermoso que enseñar a los niños para que luego ellos encontraran sus propios tesoros. Fausto copó la atención de su casa de estudios con la columna de circulación semanal del diario universitario. La llamo “El arte de morir”.
Una sonrisa melancólica para variar, Perla brillaba en recintos oscuros, luego resucitando sus labios marchitos para compensar la compañía de su entrevistador ocasional produjo consuelo a aquellos seres necesitados de motivos. Sus sueños volvieron a la vida.
-¡Espero conquistar tus brazos con mi cadáver!- exclamó con hilaridad, amaba los finales del celuloide esa Perla negra de la alegría.
La noche brillaba con una luna moribunda de grandeza. Esto tomará tiempo; los pésames son en una hora, empecemos a darle autógrafos a los pesimistas, dijo con perversidad Fausto, el amigo del difunto.

¿Sirenum Scopuli? ¡Starbucks!

Por Verónica Esparza

"Desde que me mudé a París soy feliz. Bastián y yo nos llevamos realmente bien. A veces me da nostalgia haber dejado Venezuela, pero no puedo vivir sin él, yo siento que...", Aglaia cerró de golpe su cuaderno y sonrió.

- ¡Tú siempre llegando antes de tiempo amore mío!- dijo. Estaban en una cafetería en Champs Elysées, donde solían encontrarse después de sus trabajos.

-Oye Agla, ¿Te has dado cuenta de que el logo de Starbucks es una sirena?

-¿Una sirena? Chanfles. Tengo cuatro meses viniendo a diario y no había caído en cuenta. Pero... ¿qué tiene que ver una sirena con café, té y galletas?- dijo Aglaia de una manera risueña y curiosa.

-Cuenta la historia de Starbucks que uno de sus tres sueños amaba leer Moby Dick y quería llamar el sitio como el barco: Pequod, pero en ingles pee significa "pis". Buscando y buscando, le gustó a todos el nombre de un timonero que acompañaba al capitán Ahab: Starbuck.

 -Pero en Moby Dick no hay sirenas, Bastian -interrumpió Aglaia.
- No te quejes, que si te cuento sólo lo de la sirena, después me preguntas "¿y por qué se llama Starbucks?"- ambos comenzaron a reír.

-No entiendes el por qué tiene que ver porque cuando estudiaste filosofía te metiste un... ¿puñal es que dices tú?...

- ¡Jajaja, mi Basti ya habla venezolano! - rió Aglaia.

-Eso, un puñal de los griegos, y crees que las únicas sirenas que existen cantan hermoso y son mitad mujer-mitad ave. Te sabes todos los cuentos de los marineros que eran llevados por sus voces melodiosas hasta aquella isla, ¿cómo era que se llamaba?

- Sirenum Scopuli - contestó ella.

-¿Ves que te sabes esa historia?.

-Pero no, Mon chère -continuó Bastian-. Cuentan las leyendas del café que una sirena viajó a Etiopía y atrajo a unas cabras a comerse los frutos de un arbusto. Al comerlo las cabras comenzaron a bailar y brincar muy enérgicamente. Su dueño, un pastor llamado Kaldi, decidió probar la fruta roja. Se sintió muy animado y revitalizado, por lo que le llevó el café a un santo quien sintiendo el poder de la sirena los lanzó al fuego. Esto liberó el aroma maravilloso del grano y así el café se dio a conocer. Cuentan también que, después de eso, los contrabandistas llevaron café por todo el mundo con la sirena de guía.

-         Bastián, estás inventando. Na guará, ¿qué va a saber la gente que viene a Starbucks eso? Me parece que nadie sabrá la relación nunca.
-         Bueno, ahora tú lo sabes:  La sirena atrae a la gente a consumir café.

"Hoy aprendí algo nuevo. Resulta que ahora existe la mitología urbana y mi novio es su principal evangelizador", escribió Aglaia más tarde en su mural de Facebook.

Para vivir en paz

por Kali Volcán


El primer día en esa oficina y ya sentía el rostro endurecido, como solía sucederle siempre que estaba incómoda. Ana María sabía que no sería fácil disimular su poca paciencia. “Todas, en todas partes, son iguales”, pensaba. “Si tan solo hablaran lo estrictamente necesario”, “si me dieran más trabajo que a más nadie”, “si pudiera evitar la hora de almuerzo”, imploraba sin esperanza dentro de sí y sólo para sí.

Recorría los distintos módulos y departamentos que le iba presentando su jefe. Sin darse cuenta, miraba de tanto en tanto y rápidamente hacia el techo, mientras suspiraba corto y hondo, como quien busca alguna aprobación divina a su autocontrol.

El reto en su carrera o los cambios cualquiera que ellos fueran no constituían para sí ningún problema. El basto mundo entre la contabilidad, la administración y las finanzas por el contrario, le brindaban confort y seguridad. Era natural para Ana María su entendimiento con los números, que al pasar de los años ganaba mas confianza en ella. La fastidiaba en cambio la subjetividad y para ella el disimulo no tenía ninguna razón ni asidero, sino el de llevar la fiesta en paz.  Así era para ella la paciencia que colindaba mas bien con estoicismo, cuando tenía que interactuar con sus congéneres.

Sabía con certeza que surgirían problemas.  La experiencia le había enseñado con toda claridad que llevar una vida sosegada y serena era suficiente motivo para el conflicto. “Conflicto para las mujeres, es la falta de conflicto”, era una de sus particulares teorías, según ella comprobada. Un canon muy importante era el de no hablar de más, pero tampoco menos.  Era necesario encajar el decir y el actuar dentro de ciertas precauciones y sobre todo, debía haber consonancia.

Por ejemplo, admitir que ella se sentía mas sabia y mejor físicamente ahora que a sus veinte años, que tenía una vida familiar armónica, que su marido la adoraba, que sus hijos, dos varones por fortuna, eran fáciles y serenos, que no tenían problemas económicos, que tenía una casa hermosa y ya saldada e incluso, que el perro jamás le había destrozado un zapato, eran suficientes razones para que enfilaran sobre ella todos los misiles femenino y se encendiera una segura guerra al cabo de poco tiempo.

Tenía que buscar, como en las cuentas, un saldo rojo y como entre cazadores, un buen disfraz para el despiste. Levantar un rumor sobre algún punto enrarecido en su vida. Estaba convencida que eso sería suficiente para iniciar además de un trato cordial y de respeto, una buena distracción entre sus compañeras. Inició un plan ligero. Sabía que el encuentro a la hora del almuerzo de manera constante, sería inevitable. No le gustaba planear sobre la idea de una enfermedad y tampoco que fijaran la atención en su entorno familiar. Todas las baterías debían entonces apuntar hacia ella. Era necesario arrojar desde un principio el drama en ese nido de “urracas”, que solo engullendo chismes se serenaban.

Se inventaría un amante, era muy fácil. Tan solo un guiño disimulado en el momento apropiado, un comentario tremendista y jocoso de ella, la “nueva” de la oficina. Debía desaparecer de vez en cuando o imbuirse en el teléfono y sembrar la idea con falsos pretextos, de falsos textos, de un falso “extra” de sexo. Calmaría a la bandada que estaría feliz con el bocado. Las tranquilizaría a costa de ella, de su propia reputación. Sería su anzuelo, pero también su salvación.