viernes, 2 de mayo de 2014

La ninfa

Por Amira Romero

Se adentra en el bosque a pesar de las advertencias de los pueblerinos, la curiosidad se apodera de su cordura, el afán de querer investigar todo aquello extraño para el ser humano lo lleva en la sangre; excusa perfecta para romper reglas.

Observa minuciosamente cada detalle de tan maravilloso y tenebroso bosque; deduce que la extraña oscuridad, a pesar de un sol resplandeciente, es debido a los árboles frondosos e inmensos. Es inevitable poder ver las hojas, si se pudiera apreciarlas serían las caídas y marchitas.

Mira hacia abajo para mirar que estilo tendrían esas hojas, raro, nada hay en la tierra, ni una mísera hoja, pareciera ser que una persona barre todo el bosque para tenerlo impecable, pero es imposible que todo a su alrededor, hasta en lo más lejos que puede ver no haya ninguna hoja.

 Sigue su camino aún más fascinado por la extraña condición del bosque; llega hasta un poso de agua adornado con piedras preciosas a su alrededor, se acerca unos pasos para admirar la brillantez de dichas piedras, en eso algo sale del lago.

El investigador se da unos pasos hacia atrás por inercia. La cosa se muestra como una bella mujer con alas al parecer de hadas, pero no es un hada cualquiera, es la criatura que los pueblerinos mencionaron, una ninfa de agua, la protectora del bosque.
El investigador se acerca lentamente hasta el ser mágico considerando que es inofensivo por su belleza y la luz que irradia en su cuerpo.

La ninfa mira con ternura a esa criatura de aspecto inocente, flota ligeramente por el agua hasta llegar a él, extiende su mano, como ofreciéndole a que la tomara, él sin pensarlo dos veces la toma, siente un calor agradable, mientras cierra los ojos se deja llevar por esa sensación de seguridad y calidez, pero cuando los abre nota que está en el medio del pozo.

-¡Auxilio! -grita desesperado el investigador-.!Me ahogo, no sé nadar!

Mientras lucha por su vida, ve como la infame ninfa sonríe con satisfacción.
La ninfa deja de reírse cuando el investigador, un pequeño niño aficionado por la investigación de las cosas rara, se hunde en el pozo sin fondo.

-Otro más para mi colección- dice y ríe maquiavélicamente.

La nave de Homero

Por Ybelisse Colina

Sintió la luz del sol lacerando su cara. Hacía tiempo ese era su despertar de rumbos inciertos con el hambre de compañía. Trató de acomodarse entre los escombros de lo que fue el bar al que consideró como su casa. Uno que otro transeúnte le daba unas pocas monedas o algo de comida y a veces tenía que peleársela a los perros sin dueño que andaban por el lugar.
Hoy se ha sentido nostálgico. Lágrimas furtivas han mojado su sucio rostro de larga barba. Toda  su vida regresó en un momento y se volvió a dormir…
—Tenemos  nuevos compañeros de trabajo - comentó Luisa, una de las secretarias, al resto del personal de la oficina.
El jefe les presentó a tres ingenieros recién graduados. Dijeron sus nombres: Hernán, Luis, pero el que causó mayor impacto fue Ulises Bravo.
Carlos, uno de los más antiguos allí, sugirió ir a un sitio para oír música, charlar y darles la bienvenida. 
Llegó el viernes de la cita, las muchachas estaban eufóricas, la noche prometía. El bar, llamado La Nave de Homero no tenía buen aspecto y adentro era todavía peor, pero decidieron no aguarle la fiesta a los muchachos y tomaron una mesa cercana a la pequeña tarima.
Transcurridas unas horas se apagaron las luces, quedando sólo una que iluminaba el escenario. Aparecieron dos féminas trajeadas con vestidos tipo sirena en color verde brillante. Ambas de larga cabellera oscura y excesivamente maquilladas, parecían gemelas. Eran las hermanas Sirenne que cantarían boleros y baladas románticas.
Recorrieron con la mirada al público  y una de ellas, Ligia, fijó sus ojos en Ulises. Este sintió un escalofrío recorrer su cuerpo y supo que a partir de ese momento todo en su vida cambiaría. La contemplaba embobado, su voz le parecía el más dulce sonido y hasta la imaginó junto a él amorosamente.
Todo esto fue notado por sus compañeros así como por un caballero que lo observaba desde la barra. Ulises se levantó para ir al sanitario  y al pasar junto al hombre éste le dijo: “amigo, tenga cuidado con la cantante, esa mujer es una chupasangre. Esta nave no tiene mástil de donde amarrarse para oír el canto de las sirenas sin peligro”.  Luego se levantó y se fue.
El resto del tiempo lo pasaron hablando sin mucho ánimo; decidieron irse, a las muchachas no les agradó que Ulises no les prestara atención.
Ésta fue la única salida de ellos; el enamoramiento de Ulises por Ligia Sirenne fue como una maldición tanto para él como para el grupo de trabajo. La que había sido una oficina modelo de eficiencia se convirtió en un lugar insoportable donde nadie quería estar. Amigos que se enemistaron, unos que se fueron y otros, los de mayor antigüedad, que solicitaron su retiro.
El personal quedó reducido a lo indispensable. Pero la transformación más notoria fue la de Ulises: el que era el ingeniero más atractivo de la oficina se había convertido en un viejo prematuro, descuidado en el vestir y peor aún en un borracho. Iba diariamente a La Nave de Homero para ver y oír a las Sirenne; y aunque la relación con Ligia no avanzaba se estaba endeudando por hacerle regalos costosos a las hermanas. De ellas nadie ni los dueños del bar sabían nada y cuando estaban con Ulises  los tres se limitaban a mirarse como en trance hipnótico.
La junta directiva de la empresa decidió cerrar la oficina. Ulises fue despedido pero el dinero que recibió por su liquidación junto con el producto de la venta de su carro no alcanzó para cubrir sus deudas. El propietario del apartamento que tenía alquilado le pidió que lo desocupara y así se encontró un día sin tener donde vivir, sin trabajo, sin nada. Trató de pedirle ayuda a los dueños del bar y estos, por causa de sus deudas, no lo recibieron, además le informaron que las hermanas Sirenne se habían ido sin explicación alguna para nadie. Días después supo que La Nave de Homero había sido vendida y que el nuevo dueño pensaba derribar la edificación lo más rápido posible.
Se encontraba en la última etapa de su vida, pero no sentía miedo ni arrepentimiento. Había amado  a quién no debía, a un ser imposible pero no le importaba. Se las arregló para vivir, si a eso se le podía llamar así, entre los escombros del bar que aún no habían caído del todo; allí donde la vio y conoció el dolor de amar.
Hoy ha sentido temblar su cuerpo debido quizás a la falta de alimento;  y cada vez que ha cerrado los ojos aparece el rostro de Ligia sonriéndole.
Sabe que su final se acerca, recuerda la advertencia recibida en este mismo sitio en donde hoy su magro cuerpo descansa, y con las pocas fuerzas de que dispone dice en voz queda: “nunca quise amarrarme a ningún mástil para resistir tu canto Ligia, yo sabía que estar contigo era acercarse más y más a la antesala de la muerte. Aquí estoy, llévame contigo”. Escuchó el batir del oleaje de su mar imaginario. Llegó la noche y entró en aguas profundas. Todo fue silencio.

La mujer convertida en pantera

Por Isabel Carrión

La pantera olfateaba todo a su alrededor en busca de comida, su hambriento rostro daba mucho que decir. Al ver que no encontraba nada se montó en un árbol a esperar su primera presa.

Luego de un buen rato, al ver que no pasaba nada, decidió bajar y recostarse en el tronco donde se quedó dormida; un rayito de sol se clavó en su cara, fue como un milagro: empezó a transformarse en una mujer alta, rubia y de ojos azules, no lo podía creer, movía sus brazos, caminaba, sonreía, hablaba, y además podía volar.

Continuó su camino, en busca de algo más que la hiciera sentir no como un animal sino como mujer, sentía que su tiempo era corto y quería disfrutar el tiempo perdido; continuaba su recorrido.

Sentía un agotamiento que la debilitaba cada vez más, su garganta se resecaba, sus pasos empezaron a debilitarse; no quería volver a ese mundo de años atrás, donde su casa había sido la selva, la oscuridad y la sobrevivencia. No pudo más y se desmayó.

La tarde empezó a oscurecer. Aquella pantera que se había convertido en mujer, permanecía en el suelo, sin aliento, sin alma, desbastada

De pronto se escucharon unos pasos, era un hombre de unos 40 años, delgado,  de contextura recia con refinada expresión, quien llevaba puesta en su hombro una bacula y quien montaba a caballo.
Se sorprendió de ver aquella mujer tirada en el medio del camino; era hermosa, se acercó la tomó en sus brazos y le dio a tomar agua de su cantimplora. Sus ojos se clavaron en los de ellas y dije me estremezco deseándote en la intimidad.

Se besaron y en segundo sus cuerpos empezaron a transformarse en dos panteras, siguieron  su camino hacia la selva, donde vivieron felices para siempre.

La herencia de Aqueronte

Por Daniel Rivillo

“Me da pena, siento una gran vergüenza, aunque del todo no sea mi culpa”, se le corta la garganta y continua “¿Cuándo se nos fue esto de las manos?, maldigo mil veces ese día en que comenzamos a creernos más que ellos, y terminamos siendo menos”.

El policía lo escucha con detenimiento, solamente la incomodidad de estar sentado en un banquito con espacio para media nalga lo saca de concentración. No oculta su molestia de interrogar al sobreviviente en una de las celdas más pequeñas e incomodas de la comisaría. “Ok, no estoy del todo claro ¿Quién inicio esta carnicería?”, pregunta el policía, “¿quién de ustedes se levantó una buena mañana y se dijo a si mismo, oye ¿Por qué no matamos al pueblo vecino?, es una buena idea para comenzar un domingo, ¿Quién comenzó?, dime”.

Sus manos estaban cubiertas por una película compuesta de fluidos corporales, sangre, agua y barro. Aún sin conseguir valor suficiente para ver a su interrogador a los ojos tragó aire y viendo una cruz grafiteada en la pared agarró fuerzas para hablar. “¡Ay!, que dolor”. Se agarra el estómago con sus guantes de codicia.  “Fue el río, fue su terrible influencia sobre nosotros,  él nos mostró sus riquezas y a la vez nuestras debilidades”.  “¿Quieres decirme que el río los asesinó?, estás definitivamente demente”.  El sobreviviente se levanta de la silla. “¿Estoy demente?”, le pregunta al policía en voz alta, pero esta vez mirándolo directamente. “Si es así como dices, puedes explicarme ¿por qué  las comisarías de ambos pueblos no les avisaron a ustedes que las cosas entre El Potrerito y Santelmo se estaban poniendo difíciles?”.  “¿Qué riquezas hablabas sobre el río? “, le pregunta el policía. “Oro, y del bueno, ¿de qué más crees que estoy hablando?”. Suelta una sonrisa irónica  “¡Oro!, ¿acaso consiguieron una mina en uno de los pueblos y el otro iba y se lo robaba?”. “No, peor que eso, el oro venia del mismo río que nos dividía. Un buen día de sequía, hace un año, cuando el nivel de agua estaba bajo, alguien de El Potrerito que caminaba por la parte que había quedado seca, encontró piedritas de oro, y todo el pueblo se lanzó a buscarlos, y losacaron en grandes cantidades.  El problema empezó cuando  los vecinos de Santelmo fueron a sacarlo del lado de su orilla y no encontró ni un gramo y cuando quisieron cruzar el afluente la gente de El Potrerito no les dejó. Eso molestó mucho a los de Santelmo, ya que históricamente eran dos pueblos hermanos. La época de lluvia llegó y el río volvió a crecer. La gente no consiguió más mineral. Estaban deseosos que llegara la próxima sequía y el verano llegó, para nuestra desgracia llegó, ¡maldita sea¡, llegó”. Rompió a llorar.

Los dos policías deciden salir a respirar aire fresco. “No es del todo cierto lo que él dice, nosotros sí recibimos una llamada del comisario de El Potrerito”, comenta en voz baja. “¡Lo sé José!, no continúes”, grita. “¿Por qué me callas?, te incomoda que pudimos hacer algo para evitar esta tragedia. Sabes bien que ellos nos pidieron armas sin que les pidiéramos explicaciones”. Antonio quedó atónito. “Lo importante aquí es que no se las dimos”. “¡No Antonio!, lo importante aquí es que debemos decir la verdad, mucha gente murió, nosotros sabemos muy bien lo que pasó, no hace falta interrogarlo. La gente de  ese pueblucho esperó la siguiente sequía y no pudieron creer que esta vez el oro terminó depositado en la orilla de Santelmo, ellos creyeron que les echaron un embrujo para quitarles el tesoro que les pertenecía y decidieron invadir a su vecino, para reclamar lo que era suyo por derecho”.

“!No joda¡ José, si hace falta interrogarlo, él es el único hombre de El Potrerito que sobrevivió a la invasión a Santelmo, tiene mucho que decir, regresemos y terminemos”.

Esta vez la cara del hombre estaba pálida y su mirada no se despegaba de la figura de la cruz.

“¿Tienes idea de los años de cárcel que te vienen?, te vas a morir en la celda”, le pregunta José. “No es a la justicia del hombre a la que temo, por mis acciones me he ganado el infierno y para allá voy. Antes de que ustedes llegaran al río, Dios me habló y me pidió que ejecutara mi pena, y así lo hice, es muy tarde para que puedan hacer algo”. Acto seguido el hombre cae al suelo y empieza a gritar del dolor, restregando su cuerpo contra el piso, tras cinco minutos de dolores infernales su cuerpo cede a la pena capital divina y muere.

La autopsia de ley certificó la muerte del hombre por hemorragias internas, dentro de su sistema digestivo encontraron piedritas de oro que lo habían desgarrado por dentro.

Esta vieja historia me la contó mi abuela, para recordarme de lo que es capaz el hombre cuando pone primero la ambición al corazón, dejándolo ciego y sin alma. Y ahora yo cargo con la cruz de mi abuelo. Estaba escrito que él sobreviviera para contar su charla con Dios, y es a ese mismo Dios al que decidí dedicarle mi vida entera como cura, y bajo las aguas de este río maldito, el río Aqueronte. Juro que el demonio no se volverá a manifestar para contaminar nuestras almas.

La hacienda

Por Yadyra de Paz y Miño

Habían viajado tanto que lo único que querían era llegar. La excesiva humedad y los 40ºC que hacían provocaban un sopor permanente que fastidiaba, no entraba brisa alguna por la ventana abierta de la camioneta - blanca doble cabina - que intentaba acelerar la ruta entre sobresaltos, “ya falta poco”, había dicho su padre en repetidas ocasiones, pero el camino parecía no entender esa frase y la selva cada vez se ponía más espesa.

Ariadna no entendía por qué había dicho que sí a ese viaje tan absurdo que la sacó de su comodidad en la gran ciudad, ya no era la niña de antes, era adolescente, tenía fiestas y amigos, había cumplido los 15, ¿por qué le era tan difícil entender eso a su padre? Aunque en el fondo de su ser, Ariadna sabía que no era mucho lo que ella podía hacer cada vez que a su padre se le ocurría uno de aquellos viajes…

Pegó su rostro a la ventana en un intento de refrescarse y miró de reojo a Javier. Su hermano parecía tan emocionado con este viaje como su papá. “¡Bah! Hombres”, se dijo a si misma e intentó desviar su atención hacia afuera, hacia esos árboles gigantes que topaban el cielo, esa vegetación tan espesa que podría tragar un ser humano sin dar pistas de sobrevivencia, esos caminos tan similares unos a otros que parecieran repetirse cada tramo.

Sus ojos comenzaron a entrecerrarse debilitando su estado de alerta, cuando de pronto un movimiento inusual atrajo su atención; aletargada, creyó ver algo volar entre las raíces de los árboles, fue cuestión de segundos que lo vio moverse de un lado al otro, un ser pequeño, más pequeño que un niño, no era un ave, estaba segura de eso, aunque notopaba la tierra ni las raíces simplemente volaba a esa altura. Sintió un estremecimiento por todo el cuerpo y se quedó por momentos sin habla, porque juraría, aunque sea por esos mismos segundos, que ese ser tan diminuto la miró igual.

Ariadna se frotó los ojos, se enderezó en su asiento y tomó coraje para mirar de nuevo,esta vez completamente alerta. Frunció su seño molesta por lo incrédulo que se oiría contar lo que acababa de ver y porque Javier seguramente se burlaría de ella. Prefirió callar… en su lugar preguntó a su padre cuánto faltaba para llegar, sabía su respuesta de antemano: “ya falta poco”.

Tan pronto como arribaron a la casa grande de madera - construida en plena hacienda que su papá había comprado meses atrás con Javier, durante uno de aquellos viajes que no pudo acompañarlos-,  Ariadna bajó de la camioneta apresurada, casi no recorrió la casa, buscó el que sería su cuarto, desempacó, vistió sus botas de caucho, tomó un palo de madera y salió decidida: tenía que descubrir lo que vio en el camino. No en vano se la conocía por su carácter temerario y aventurero, muy pocas cosas la amedrentaban y esto estaba muy lejos de parecerse a sus exámenes de química.

Javier sin entender muy bien ese arrojo decidió acompañarla, era muy pronto para recorrer el terreno selvático que circundaba la hacienda; intentó en vano disuadirla de los posibles peligros, así que antes que se alejara más resolvió llevar un machete consigo.

Cruzaron el primer estero con mucha dificultad, porque las lluvias habían botado parte del puente improvisado. Prefirieron cruzar a pie el arroyo empantanado que los hundía de lodo hasta las rodillas. Pasaron los pastos donde tenían al ganado campeando y llegaron hasta el final del último potrero; había un cerco de madera con alambres de púas que dividía claramente los potreros de la selva, daba la impresión que el cerco estaba ahí más para impedir que algo ingrese, antes que cuidar del ganado.

Ariadna miró esa selva profunda que se extendía por hectáreas innumerables hasta el río grande, la misma selva que parecía tragar senderos infinitos pero que ahora la invitaban a entrar; sintió de pronto el mismo estremecimiento que había sentido en el camino, sintió tan clarito que la observaban y se detuvo antes de entrar.

Javier comprendió entonces todo: “Bienvenida hermanita, al Bosque de los Elfos”.

La fantasía de Susana

Por Lauramarú Armas

Llevaba puesto un vestido corto, estaba descalza y caminaba deslumbrada por tanta belleza; aquel bosque tenía una vegetación rebosante de árboles grandes y alto, parecían tan viejos y a la vez tan jóvenes. El canto de los pájaros llenaba de música los oídos de Susana, a tres pasos del camino un riachuelo llamó su atención, el agua reflejaba el color de las flores, peces de todos los colores danzaban sin parar y mariposas amarillas revoloteaban a su alrededor. Era tan especial aquel lugar; mientras más se acercaba al agua más cosas increíbles veía a través de ella.
A las 6:00 am suena el reloj despertador, Susana abre los ojos lentamente, es jueves, mientras se reincorpora piensa: "bosque, arrolló y mariposas, justo me despierto cuando el sueño se pone más interesante", se molesta consigo misma por tener que dejar a medias aquella fantasía.
Susana y Ana tienen una semana en Mérida, llegaron el lunes y hoy les toca conocer uno de los tantos lugares especiales con los que cuenta la ciudad, un pueblito ubicando a 4.200 metros sobre el nivel del mar, El Piñango es uno de los parajes obligatorios  durante su estadía en el lugar.
Susana trabaja medio tiempo en un centro de ayuda espiritual como consejera, el resto del día se lo dedica a sus estudios y proyectos personales; desde muy pequeña había tenido simpatía por las hadas, sentimiento que con el paso de los años fue cobrando mayor y mayor importancia, cada día más libros, imágenes y fotografías se sumaban a su pequeña colección personal, hasta el punto de tener que habilitar otra habitación para colocar sus pequeños tesoros; para ella seguir sus instintos era sumamente importante.
Le tomo horas darse cuenta que había estado soñando consecutivamente con arroyos, mariposas y naturaleza, imágenes que asoció de inmediato con la belleza y tranquilidad que se respiraba en Mérida, ambas habían pasado meses planificando el viaje, necesitaban un merecido descanso lejos del alboroto de la ciudad y el ruido de los autos.
Aquella mañana tenían que salir muy temprano para poder aprovechar el día, a las 8:00 am ya estaban entrando en El Piñango, al llegar fueron recibidas por uno de los pobladores, el señor José ya tenía preparadas las bestias que utilizarían durante su recorrido de casi tres horas montaña adentro.
José era uno de los tantos guías que conocía el lugar como la palma de su mano y Susana había sido muy específica en pedir al más diestro para su recorrido; mientras se adentraban en el camino más se les helaba la piel, el frío aturdía, pero el paisaje recompensaba, fotografías iban y venían, ambas estaban maravilladas.
El valle estaba repleto de frailejones, por momentos parecía un paisaje desolado, frío y triste, en lo alto los picos blancos acompañaban su viaje; al descender la colina el panorama cambió drásticamente, árboles grandes y altos se alzaban sobre el lugar, montaña adentro estaba repleta de espesura, aquella imagen se parecía tanto al sueño de Susana.
Las miradas perplejas de Ana y José no daban crédito a lo que veían, estaban paralizados sin poder creer la metamorfosis que había sufrido el paraje, pequeños ciervos corrían tras la madre y montones de mariposas amarillas revoloteaban en el aire, mientras Susana transitaba el camino ansiosa por descubrir lo que aquel bosque le tenía guardado.
Detrás de los arboles pequeñas figuras temerosas se dejaban ver con recelo, montones de hadas aparecían de la nada multiplicándose con rapidez, de colores llamativos y tamaños diversos.

Marzo 2013

Por André Reinosso


El planeta Tierra aún no se recupera de los terremotos y tsunamis a escala planetaria que produjo el impacto de un enorme asteroide que chocó contra el océano Atlántico.  La colisión causó devastación en todos los continentes, arrasando ciudades enteras, convirtiendo a ricos en mendigos, a soldados en mercenarios, a seres racionales en caníbales. El cambio climático, la caída de los sistemas económicos, el uso de armas nucleares en guerras fratricidas y el primer contacto directo con seres extraterrestres, marcaron los momentos más cruciales en la historia humana. Todas esas señales antecedieron al desastre, pero aun faltaba lo peor.

La profecía del día del decimotercer Baktún del calendario Maya que presagió el fin de los tiempos, y que con increíble exactitud se cumplió en diciembre de 2012, olvidó un pequeño detalle. Aquella bola de fuego venida desde el espacio, que juntó mares con rascacielos, propició algo aún más terrible: un despertar. El despertar de una terrible criatura, que se creía sólo formaba parte de las leyendas, de los pasajes bíblicos, de las simples metáforas, su nombre: Leviatán.

El despertar de la colosal bestia ocurrió de manera paralela al impacto profético, y ahora, sedienta de almas y venganza, había comenzado su ruta de sangre, de exterminio. Aniquilar los restos de civilización de aquel pequeño planeta azul era su misión. Ya había devorado ejércitosdiezmados por las guerras, donde irónicamente tropas de judíos, árabes, chinos, rusos y americanos, se tornaron en aliados para detener el avance de aquella demoníaca y gigantesca serpiente, de ese invulnerable grifo dragón.

Tan grande como una montaña, el Leviatán era tan ágil en las aguas como en los aires. Sus ojos y boca expelían un fuego maligno que derretía el más duro de los aceros y su cuerpo escamoso resistía inmune los ataques de cualquier máquina de guerra. Los veloces cazas y misiles, sólo eran moscas que engullía en sus fauces que semejaban la puerta del infierno. Él personificaba el poder. Nada parecía detenerlo.

- Habitantes del planeta tierra, hoy me dirijo a todos ustedes en el afán de hablarles en nombre de la esperanza. En medio de esta horrible pesadilla que vivimos personificada en ese terrible monstruo que amenaza nuestro legítimo derecho a caminar libres por el mundo. Por designio de Dios, los que hemos sobrevivido, somos ahora una sola nación, somos un país de supervivientes -por un momento, un demacrado Barack Obama tomó aire y prosiguió su discurso- No voy a mentirles, Leviatán es indetenible y el arsenal para la defensa del planeta se agota, así como los recursos vitales -Barack tomó nuevamente aire-, por ello paso a hablarles sobre la operación Noé que comenzará el día 30 de abril. Una misión que marcará el futuro de la humanidad.

La débil transmisión satelital comenzó a distorsionarse, poniendo en vilo el corazón de los pocos millones de seres humanos que escuchaban atentos aquel discurso.

-1011 niños de entre 1 a 11 años han sido seleccionados por una raza extraterrestre con la que tenemos contacto desde hace décadas, y que como todos ustedes saben, se mostró al mundo hace poco. Ellos nos alertaron sobre la hecatombe que estamos padeciendo y nosotros lo tomamos como un simple juego, nos creímos superiores a cualquier cosa, nos hicimos una raza arrogante. El hecho es que nuestros amigos venidos desde la lejana estrella de sirio, nos han confirmado sobre el inminente impacto de otro asteroide aun mayor que se dirige a la tierra y arrasará con todo lo que conocemos el próximo 30 de abril. Sólo puedo decirles que a través de la astronave H-J-O, que estará apostada en lo alto del macizoauyantepuy en la selva venezolana se realizará el éxodo ese día -Obama tomó otra bocanada de aire- la aducción de estos seres humanos no podrá ser detenida por nadie. Les recuerdo que está en juego el futuro de la raza humana, y sólo a través de esta selección podremos perpetuar nuestra especie más allá de nuestra galaxia.

-El fin es inminente ya sea en las garras de Leviatán o por esta nueva amenaza. Nuestras oraciones se elevarán al cielo en forma de esperanzas, estos niños representan nuestras semillas en los confines del Universo. No tenemos otra alternativa, sólo una oportunidad para nuestros hijos. Que Dios bendiga nuestra tierra.

La transmisión se desvaneció.

Ocultos, con el corazón encogido, miles de padres miraban con tristeza a sus más pequeños hijos. Los carcomía la incertidumbre de conocer si sus vástagos estaban seleccionados para formar parte de esa nueva raza humana cósmica, de los inmigrantes del universo. Por momentos, la vena del egoísmo conminaba a algunos a pensar en no dejarlos escapar, en evitar que fueron llevados a otro lugar. Otros lloraban resignados. Pero en el fondo todos coincidían. Sabían que en aquel nuevo hogar ofrecido por esos hermanos mayores venidos de las profundidades de las estrellas, sus pensamientos de amor superarían los millones de años luz de distancia, porque el pensamiento trasciende al tiempo. Era eso, o una condena a muerte.

30 de abril

Desde la selva venezolana, la astronave H-J-O se preparaba para la operación Noé. Millones de hombres y mujeres lloraban alrededor del mundo cuando vieron desvanecerse a sus más preciados retoños. Una suerte de lluvia de centellas comenzó a llenar el firmamento. Como abejas camino al panal, los infantes elegidos volaban rumbo al macizo guayanés, fundiéndose en una sola luz.

La estela atrajo la atención de Leviatán que enfiló raudo su vuelo para devorar la esperanza que viajaba inocente. Varias dentelladas lanzó la bestia. Pero la nívea estela parecía ser más rápida, esquivando los embates del monstruo. Pero de pronto, el demonio se detuvo en seco, dilatando sus ojos negros, sorprendido por otra luz que apareció en la noche eterna que asolaba al mundo.

Y por primera vez, Leviatán retrocedió, y experimentó el terror de lo inminente. Sabía que esa luz no le haría dormir, como cuando los dioses le condenaron a su prisión onírica en las profundidades marinas. Sabía que la muerte estaba contenida en esa roca de fuego. Que su destino estaba marcado.

Y huyó. Trató de esconderse pero no pudo. Y se miró en el mar, y recordó los ojos de terror de los por él devorados, y sintió más miedo. Así que voló al Jabal Al Lawz , aquella montaña donde fue concebido. Allí se apostó, a esperar su muerte, con sonrisa siniestra porque sabía que el resto moriría con él y cerró los ojos.

Y de pronto todo fue oscuridad.

El asteroide consumió toda forma de vida en la Tierra, hasta al invencible Leviatán.

Mientras, desde la astronave H-J-O observaban la destrucción del que en algún tiempo fue el más hermoso planeta del sistema solar.

Un niño atinó a preguntar a uno de aquellos seres gentiles, a un alienígena de grandes ojos que también observaba aquel espectáculo cósmico qué fue lo que pasó.

- Fueron destruidos por la personificación de su propia maldad…