miércoles, 6 de julio de 2011

El café de la mañana

Por Mercedes Fernández

Cuando llegué al estacionamiento eran las 8:30 am, todo se demoró esta mañana, en parte fue el maquillaje de las piernas, en parte la cola en la entrada del colegio de los niños y en parte la cola del ascensor. Miro el reloj: 8:38, ya tendría que estar en la cafetería y aún estoy llegando a la oficina. Alejandra la nueva secretaria sale como siempre a recibirme al pasillo, con la insolencia de la juventud y unos pantalones que a mí no me dejarían ni respirar. Dice que ya está en mi oficina el representante de Chile. Miro el reloj: 8:45.

-¡No, por Dios!, aún no he tomado mi café.

-Doctora, la está esperando hace ocho minutos.

-Bien, que espero un poco más… Ponte creativa, ya vengo.

Me devuelvo por el mismo pasillo, sin darle chance a réplica. Camino tan rápido hacia el ascensor que parece que siento los latidos del corazón. Ya es tarde cuando llego apresurada a la cafetería, mientras mi vestido de seda acaricia las piernas desnudas y bien maquilladas. Al llegar puedo ver mi mesa desocupada, mi respiración se suaviza. Ahí está Antonio, como todas las mañanas bajó del Olimpo, sólo para reservar la mesa donde me lleva mi capuchino. Me acerco hacia esa sonrisa perfecta, el aroma del café me invade, está en el ambiente, está en su piel.

-Buenos días doctora, hace rato la espero.

Mientras, separa la silla donde siempre me siento, un rinconcito dentro del jardín por donde puede verse una ventana hacia la montaña.

– Gracias Antonio, se me hizo tarde.

Ese dios de ojos canela me mira con ensoñación y yo quedo soñando en sus brazos y manos, mientras él sale a preparar mi café. Al llegar su aroma invade de nuevo mis sentidos.

– Hoy ponle un poco de canela.

Lo tomo en pequeños sorbos, mientras Antonio me mira a una discreta distancia. Ese sabor durará toda la mañana en mi paladar.

- Gracias, Antonio hasta mañana.

- Hasta mañana doctora.

Doy la vuelta para bajar unos peldaños, pero sé que él sigue ahí mirándome, queman sus ojos de canela en mis piernas y en mis glúteos, camino despacio, con pereza saboreando el café en mis labios.

¿Y quién dijo que las mujeres a los 40 nos hacemos invisibles?

El café que se quemó

Por Mercedes Fernández

Rafael estaba llegando a su edificio, mientras pensaba que apenas eran las 4pm, y en la sorpresa que tendría Elena, que vivía quejándose de sus tardanzas, de lo mucho que trabajaba, en fin… Nunca puede llegar antes de las 10pm.

Pero hoy comenzó el recorte de electricidad, y nada, hubo que cerrar las oficinas, prefería no pensar más en el trabajo pendiente, y ver cómo disfrutaba esas horas regaladas, quizá invitaría a Elena a cenar, ésta no se lo iba a creer.

Mientras estacionaba, se percató que el carro del vecino ya estaba en el edificio. Le caía de un mal ese diputadito arrogante, con su Mercedes y su guardaespaldas desdentado, total, quién querrá matar a ese pobre diablo, que ni siquiera se le conoce la voz en el Congreso.

Mientras Rafael introducía la llave en la puerta, percibió un olor a quemado, “¡coño!”, pensó, “se está quemando el café, que desastre. Elena nunca hace café y cuando lo hace lo quema, ¡que vaina!”.

El olor se iba extendiendo por la casa, un poco ácido, un poco viejo. Rafael se quitó la chaqueta y apagó la cocina. Se quemó un poco cuando retiró la cafetera italiana que le había regalado su suegra.

Cuando dejó la cocina para llamar a Elena, escuchó risas al fondo del pasillo, y una voz que el conocía se quejaba jugando “mamita se te quemó el café, corre, corre…”, y se sintió una palmadita segundos antes de que Elena corriera desnuda por el pasillo impregnado a café quemado.

Las señoras del café

Por Mercedes Fernández

Al dejar al niño en el colegio estacioné justo al lado de la fabulosa camioneta de Viky. Ella baja primero, segura y ágil en su impecable atuendo de tenis; luego yo, con un mono gris, excesivamente discreta, lo que se pondría un ama de casa para hacer la compra.

Después de saludarnos como todos los días, cruzamos la calle hacia la cafetería, donde ya están esperando Carolina y Laura para tomarnos el primer café de la mañana y conversar sobre cualquier nimiedad generalmente de nuestros hijos que cursan el mismo año.

Aún no me explico qué hago yo en este grupo mañanero, cuando siento que no tengo nada en común, aparte del gusto por el café. Viky es sofisticada, segura, trabaja y tiene una intensa vida social, nunca coincidí con su esposo, pues viaja demasiado, en eso se parece al mío y puedo asegurar que sólo en eso. Carolina, también juega tenis en el mismo club, no trabaja, basta con mirarla un momento para saber que nunca tuvo que hacer nada por ella misma. Laura se maneja en el mundo de la farándula como productora.

¿Y, yo qué hago?, bueno… actualmente soy ama de casa, madre de un pequeño, esposa de un hombre que nunca está. El dinero no abunda pero tampoco quiere que trabaje para no tener el nido vacío cuando regresa. No me quejo, mi hijo y yo la pasamos bien viviendo el día a día.

El café de las mañanas, marroncito para Viky y para mí, capuchino para Laura y guayoyo para Carolina. En esos breves momentos fantaseo que soy igual a ellas, con un marido atento a mis necesidades, un club de lujo y cero economías. Pero, sé que no hay nada en común.

Nuestros hijos son muy amigos, incluso el hijo de Viky se llama Antonio como el mío. Conversamos de la próxima fiesta de cumpleaños en casa de Carolina, de antemano sé que va a ser un derroche de buen gusto, y yo sin nada que ponerme.

Las tres están apuradas, me gustaría quedarme sola en este grato lugar, tomar otro marroncito y volar lejos de mi vida, pero no sé cómo justificarme y finjo también prisa.

Al despedirme de Viky, ya dentro de su magnífica camioneta escucho un chirrido cuando la enciende y luego un silencio, después de varios intentos fallidos, le sugiero llevarla, a lo que ella me responde: “no hace falta, voy a llamar a mi marido, no te preocupes, sé que estás ocupada”, mientras hablaba con urgencia para que la auxiliaran.

Yo le digo “de ninguna manera, te acompaño”.

Diez minutos más tarde, Viky sigue con el teléfono en la mano y yo unos pasos atrás cuando “Por fin”, dice Viky mirando una Blazer negra que viene haciendo señales hacia ella. La ventana oscura del chofer se abre y Viky saluda: “Por fin Antonio”, pero Antonio no la mira, me mira a mí, que asomándome dos pasos detrás de ella no logro más que un murmullo: “hola Antonio”.

Viky me mira, nos miramos y basta la fracción de un segundo para saber que tenemos en común algo más que el café de las mañanas.

Por un café irlandés

Por Mercedes Fernández

Mariana estaba llegando temprano como todos los días, con paso rápido y firme, dejaba tras sí cabezas volteadas. Entró en el café de lujo de una inmensa torre de oficinas, el fuerte olor la golpeó por un instante, eran docenas de sacos y recipientes con diversidad de granos. Ella no entendía nada de café, ni siquiera le gustaba. Tuvo mucha suerte al quedarse con el trabajo de camarera, sin tener ninguna experiencia.

El dueño, un italiano risueño, agradecido a la vida, sin dejar de mirarla un momento dijo “siempre hay una primera vez, quizá sea tu oportunidad”. Ella sabía que sí.

Mientras vestía el elegante uniforme blanco, con delantal negro apretando sus caderas, pensaba en lo fácil del trabajo. Los clientes al ordenar no podían dejar de mirar sus ojos de gata inescrutables y su perfecta piel blanca, hasta llegar al centro del mentón donde una cicatriz cruzaba en forma grosera y desafiante. Tanta belleza resultaba un imán, irresistible ver ese pecado expuesto.

Mariana sabía el impacto y sonreía discretamente, las propinas eran generosas. En poco tiempo saldría del basurero donde vivía, mientras la cicatriz quedaría en el mentón, como un recordatorio para no apartarse de sus propósitos.

El día transcurrió grato, en un lugar hermoso, limpio, con gente fina y aromas exquisitos. Poco antes de cerrar se presentó un nuevo cliente, sentándose con el periódico de la tarde hizo una señal a Mariana, ésta al acercarse en seguida lo reconoció. Tan grande la ciudad, tantos años y tenía que encontrarse con el maldito. “Quizás no me reconozca”, pensó.

Él levantando los ojos del periódico, apenas a la altura de su cicatriz ordenó “un café irlandés, por favor, con edulcorante”. “En seguida…”.

Al pagar la cuenta Mariana se apresura a retirar la copa. De pronto el cliente habla: “tengo la impresión de conocerla”. “No creo señor, tengo poco tiempo trabajando aquí. Buenas tardes”.

Mientras viajaba en el vagón del Metro atestado de gente, no podía dejar de pensar en el juego del azar. Durante los días siguientes el nuevo cliente nunca faltó a la misma hora, poco antes de cerrar fingiendo leer el periódico, la detallaba a lo lejos. Mariana estaba segura que la recordaría, era cuestión de tiempo.

Mariana llevaba el café irlandés a la mesa, mientras el cliente tenía sus ojos clavados en ella. Dejó la copa de café que despedía un aroma dulzón y esta vez con sus ojos de gata lo miró de frente para preguntar: “¿una o dos pastillas de edulcorante?”. “Dos como siempre, gracias”.

Mariana sacó de su bolsillo izquierdo un pequeño recipiente y colocó dos pastillas en la copa.

Pocos días después cuando estaban cerrando, el italiano le dijo:

-Mariana, recuerdas el cliente que venía a última hora.

-Claro.

-Supe que era un periodista de esos que buscan escándalos y hurgan donde nadie los llama, bueno… te lo cuento porque leí en la prensa que murió de un infarto fulminante.

- Pobre, quizás demasiado café con whiski para su edad.

- Certo, ragazza, molto café.

Un café con la muerte

Por Anggye Sequera

Sentada en la acera esa madrugada garabateaba versos en una servilleta mientras esperaba que el humeante contenido de un pequeño vasito de plástico alcanzara una temperatura tomable, negro como la noche y quemante como la angustia que latía en cada rostro circundante, batallaba contra la fría madrugada aquel café caliente.

Eché un ojo a mí alrededor, sin mayor pretensión que extinguir minutos hasta el amanecer. De pronto, la fila de minutos marchantes parecía detenerse, cada molécula en el espacio se detuvo como congelada. Y apareció con cierto aire de elegancia, pasando revista, prepotente, la muerte.

Se paseaba lentamente entre los grupos de personas que esa noche pernoctaban a la entrada del hospital esperando anhelantes noticias de sus afectos internados. Todas las esperanzas, todas las lágrimas, todo el amor pisoteado por la angustia y el sufrimiento se dirigía a aquella puerta cerrada esperando.

Se detenía junto a cada uno mientras revisaba meticulosamente la lista que llevaba en su pálida mano, llamó su atención aquella anciana que lloraba en silencio apretando entre sus manos temblorosas un pañuelo arrugado, apretaba también en su corazón todo el dolor que silencioso le quemaba.

La vi acercarse a ella vacilante, mientras al fin podía dar un sorbo a mi café. De pronto la anciana levantó sus ojos grises de sombras pasadas, casi ciegos y sin embargo logró ver a la muerte de pie frente a ella revisando su listado, pensativa. Era el mismo nombre, pero la edad no parecía coincidir con la de aquella anciana que sus latidos contuvo ante su imagen espeluznante. Amelia era su nombre, pero en la lista decía tener 3 años. En seguida la muerte se percató que la anciana era la abuela de la niña que buscaba y volteó su mirada hacia la puerta del hospital.

-¡No! - exclamó la anciana al percatarse de que la muerte buscaba a su pequeña nieta internada aquella noche en el hospital -. ¡A mi niña no! ¡No te la lleves por favor! - le increpaba tomándola fuertemente por su huesudo brazo-. ¡Llévame a mí!

La muerte desconcertada por la actitud de aquella mujer que parecía no temerle en lo absoluto le respondió con cierto tono burlesco:

- Amelia, sabes que no puedo. La lista es precisa, no puedo hacer nada por ti. Mira - señalando con su dedo quebradizo la línea-, dice claramente: Amelia Castro - 3 años - Fallecida. Mientras sonaba en la habitación de la niña el nefasto “beep” prolongado que avisaba su muerte.

El corazón de la anciana dio un vuelco. Rápidamente, casi sin pensar, arrancó de las manos de la muerte el listado. Miró a su alrededor y desesperada corrió hacia a mí como poseída, me arrebató el bolígrafo y escribió algo en el papel que con determinación le entregó a la muerte, mirándola fijamente.

La muerte miró de nuevo su listado y soltó una carcajada escalofriante y en ese instante la anciana cayó muerta a mis pies. Mientras en la habitación el beep mortal comenzó a sonar intermitente anunciando que los signos vitales de la niña volvían, “beep, beep, beep…”.

-¡La niña vive! - exclamo el doctor.

Mientras observaba consternada que recogían el cuerpo sin vida de la anciana, la muerte se sentó a mi lado y tomó un sorbo de mi café ya helado.

-Lo prefiero frio - exclamó mientras dejaba ver con desdén el listado en su mano: Amelia Castro - 63 años - Fallecida.