martes, 5 de julio de 2011

Un café armenio

Por Gonzalo Paredes

La luz tenue sobre la mesa dejaba ver dos mujeres, una blanca, elegante y altiva sentada frente a otra de piel morena con cejas gruesas y misteriosos ojos negros, que llevaba sobre sus cabellos un pañuelo azul rey, bordado con hilos de oro.

Conversaban sigilosas; la rubia bebía un café espeso y amargo con aroma de cardamomo; mientras la otra la estudiaba. Al terminar la infusión puso la taza boca abajo sobre el plato, observó inquieta a su interlocutora que estaba abstraída, inspirándose quizás con voces de otro mundo, que le llovían desde el cielo. Su humanidad permanecía ahí, pero su espíritu viajaba en otra dimensión; se encontraba ante un inmenso monte coronado por las nieves: el Ararat, centinela puesto por Dios para proteger al pueblo armenio de los Otomanos.

Allí, a su lado se hallaba su abuelo, con su cabellera abundante, su tez curtida, sus ojos oscuros y almendrados, radiantes de dulzura al ver a su nieta predilecta: Leda, la de los sueños premonitorios. El la llamaba Bijilig, era pequeñita. Detrás estaba ese hogar que tanto extrañaba, construido con piedras, como todos los de allí. En su interior tenían voraces chimeneas, que poco a poco se tragaron los bosques durante los gélidos inviernos. Sobre el gran mesón de madera donde se reunía la familia, estaba ese papel curtido por el tiempo, lleno de dibujos, de imágenes y símbolos ancestrales, donde generación, tras generación, aprendían a leer el porvenir en la borra que dejaba el café en el pocillo: caballos, perros, aves, anillos, dragones, manchas; todo tenía una interpretación si quedaba pintado en el recipiente.

Leda fijó su vista en la taza esmaltada con arabescos y lo tomó con ambas manos; ya había destilado el sedimento sobrante y mudo. Lo volteó y en el fondo de la porcelana blanca observó la imagen: un hombre atlético tendido con un anillo; pensó unos segundos, subió la mirada controlando las emociones hasta encontrarse de frente con la de la joven que la consultaba, y le dijo: “un hombre joven muy cercano a usted va a morir”.

La dama sintió un frio intenso recorriendo su cuerpo, palideció abrazada por el miedo, se incorporó inmersa en su mundo y sin mediar palabra se fue. Desde su asiento, llena de compasión vio alejarse la silueta esbelta y al cruzar el umbral recordó aquella siniestra imagen, la misma que le apareció a ella aquel día, en el que su abuelo, al salir de los oficios de la iglesia de Aghtamar, recogió sus armas y se fue a la milenaria guerra contra los turcos.

Café il sogno

Por Gonzalo Paredes

Estábamos esa tarde especialmente alegres porque la Vinotinto había empatado con Brasil. La euforia reinaba en la cafetería; estaba a reventar. En un extremo de nuestra mesa estaba Zark Lara, un joven del interior: alto, delgado y moreno, con cabellos lacios; era callado, pero capaz de distinguir en un sorbo de un blanquito la marca del café. Al principio, cuando identificó el de la casa, todos pensamos que era una casualidad y que había estado aquí anteriormente: “Este café es Biondi”, dijo. Diego que estaba a su lado y que es el más incrédulo, pidió al mesonero otro con leche; “este es Casa de América”, también lo reconoció, “Café Real”, “Café Tío Antonio”, y así identificó todos los café que le trajeron.

Cuando Zark era pequeño vivía en Ospino, su padre era peón en la finca ganadera de los Cicarelli, era la más grande de Portuguesa. Su abuelo también había sido obrero en la misma finca; pero Zark quería cambiar el destino de la familia. Un día se fue con su tío José Luis al despuntar el alba, llevaban cuatro sacos de café cereza recién cosechado. En la vía de la estación experimental regaron el café con mucho cuidado sobre la carretera negra; los carros pisaban los granos y lo descascaraban mientras se secaba al sol. Era la forma de trillar más económica. Recogieron su futuro y se fueron. Al día siguiente, antes del amanecer, ya estaban en la plaza Bolívar, frente a la catedral. Alrededor había por lo menos cincuenta camionetas de los compradores de café. De todos los cerros de los alrededores bajaban los campesinos con sus saquitos para negociar el producto de todo un año de trabajo. Pero más que un producto, era un sueño; porque en Ospino ese fruto es como el oro. Todos los niños ospineros crecen pensando que se harán ricos con el café, para ellos son piedras preciosas.

El comprador metió la mano en el saco y tomó varios granos, los mordió suavemente, uno a uno, para detectar la acidez. Así, fue que Zark empezó, se hizo comprador de café; su paladar se afinó para detectar el bouquet y el aroma de las diferentes calidades. Con el tiempo montó su propio negocio, él era el más audaz, no sólo esperaba en la plaza; compró una pickup doble tracción y subía a los cerros. Así, poco a poco, se adueñó del mercado y se hizo un experto; una leyenda viviente. Se casó con una bella rubia, Francesca, una italiana de Turen. Juntos aprendieron el arte del tostado y fundaron su industria: CAFÉ IL SOGNO.

Café post morten

Por Jacqueline Ferrero

Una mañana mientras disfrutaba del primer café, tocó a mi puerta La Parca, dejaba a mi familia con un cuaderno vacío de páginas blancas y sabor a sorpresa, y más que palabras de consuelo por sentirse abandonados necesitarían un pensamiento real de alguien que existió, sintió amor por ellos y le tocó partir.

Sostuve mi taza de café y sin temor busqué una pluma para dejarles una nota, al intuir el poco tiempo disponible tomé la servilleta y comencé a anotar:

“Hijos, perdonen el apuro, pero quisiera pedirles que me velen en casa; recuerden, en mi despedida sirvan sólo café recién colado, para que su aroma evoque el calor de familia que hubo en mis desayunos domingueros y con su fragancia impregne el salón alejando el olor a tristeza; de fondo pongan algo de música, no sacra ni ritmos alegres, quizás una melodía dulce, como esa que tarareaba la abuela, acordes que inspiren recuerdos, a los buenos y a los cuestionables, los felices y los que hubieran querido cambiar. Quiero notas invitando a creer en la fantasía, a recordar la naturaleza y los atardeceres, a confiar en alguien más, o tan solo a amar la vida como lo hice yo”.

Hasta ahí llegué con mi nota, se me acabó la servilleta y perdí la conciencia.

Por los fríos pasillos del hospital, me trasladaban en una angosta camilla, y mientras veía el repicar de las luces blancas sobre mi cuerpo inerte, pensé ojalá sea “mi compa” quien hable de mí en el funeral, que cuente como disfruté de la vida y la libertad, igual que del café matutino bien preparado; les diga que en soledad escribía con mis tristezas y en la calma pintaba amaneceres, seguro contará, que como el café con leche, en mi se mezclaban bondad y oscuridad; quise haber vivido más del sentimiento y nunca del pensamiento; no mentir, juzgar menos, reír más. Deberían decirle a la gente que hoy estaba listo para partir.

Oigo voces al fondo, un fuerte impacto sobre mi pecho llenó mi humanidad de calor y vida, abrí mis ojos y comprendí la suerte de estar vivo, dejé correr una leve sonrisa; es bueno saber que la pelona también se equivoca.

A la mañana siguiente, aún en cama, reconozco el rostro de mi hijo mayor, sentado a mi derecha, con mi mano en la suya, y me dice: “¿Cómo estas papá?, ¿cómo te sientes?, ¿necesitas algo?”.

Mirándolo con dulzura, aunque sólo lo pienso, digo para mis adentros: “si hijo, papel, lápiz y un buen café recién colado”.

domingo, 3 de julio de 2011

Cosas de oficina

Por Raymar Lara García

Su mirada me incomodaba, me inspeccionaba de arriba abajo cada vez que cruzábamos caminos: en la entrada, en los pasillos, en la sala donde la gente de la oficina disfrutaba de una taza de café.

Lo primero que imaginé era que algo estaba mal con mi atuendo: algún botón fuera de sitio o el cierre del pantalón abajo. Pero descartado todo eso - mi vestuario era siempre perfecto - observé que su comportamiento continuaba igual. Cada vez que sus ojos se conectaban con los míos los suyos me atravesaban por lo que concluí que debía ser algo más. Seguramente se sentía atraído por mí.

Pronto la incomodidad fue sustituida por curiosidad y posteriormente por expectativa. Comencé a emocionarme ante la posibilidad de tener un romance entre manos, pero a pesar de mi absoluta intención en incrementar la frecuencia de nuestros encuentros él nunca hacía ningún esfuerzo de acercarse a mí o de iniciar alguna conversación: sólo continuaba mirando.

El tiempo transcurría y el ritual de intercambio visual seguía sin parar. Ahora yo también lo miraba. No era mal parecido. La paciencia no era mi fuerte así que no tendría más remedio que tomar acciones en mis propias manos. Una de las ventajas de la modernidad para las mujeres.

Una mañana me decidí, esperé a que llegara a la sala del café y le dije: “Hola”. El contestó sorprendido: “Hola”. Tomó una taza y comenzó a servirse café. Yo no podía dejar pasar esta oportunidad. Tomé otra taza y la extendí hacia él para que me sirviera café. Esta vez no me miró a los ojos solamente miró la taza. Era tímido sin duda, quizás ese ha sido el impedimento.

Casi susurrando le dije: “He notado que me miras.” “Sí”, me respondió todavía sin mirarme, “es que me atraes sexualmente y no quería arruinarlo pero tú ya acabas de hacerlo.”

No respondí nada, dejé la taza medio llena sobre la mesa y lo dejé solo con su café.